Cuentos de la Selva

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Todos, de pequeños, alguna vez conocimos las fábulas: esas pequeñas historias en las cuales los protagonistas siempre eran animales, los cuales se enfrentaban a una serie de situaciones un tanto complicadas que tenían que resolver. Y, lo más importante, la moraleja: esa lección de vida que nos ponía a reflexionar y que sin duda siempre constituye una enseñanza valiosa para nuestra existencia.

Horacio Quiroga es sin duda uno de nuestros grandes referentes en la literatura no sólo de habla hispana, sino universal, sobre todo si pensamos en cuanto al género del cuento. Tal vez el escritor uruguayo sea más famoso por aquellos relatos en los cuales dejó la impronta de una maestría para narrar historias un tanto perturbadoras e inquietantes, que colindan con lo macabro y el terror: “La gallina degollada” y “El almohadón de plumas” tal vez sean dos ejemplos muy significativos.


También es cierto que uno de los libros más ilustrativos de Quiroga en el que unió relatos al más puro estilo de las fábulas, no exentos de cierto humor, ironía y profundidad es el de Cuentos de la Selva. Cuenta la leyenda que el autor escribió esta serie de cuentos pensando en sus hijos y, como una manera de revitalizar ese clásico género didáctico, hacerlo un tanto distinto, pero respetando una característica esencial: el protagonismo de los animales.

Historias como “La tortuga gigante”, nos hacen pensar en el sentimiento de solidaridad y fraternidad que deberíamos procurar ante los demás, sobre todo el ser siempre agradecidos y empáticos. “La abeja haragana” nos recuerda lo valioso e importante que es el trabajo y el esfuerzo, ahora que está tan de moda la malentendida “cultura del esfuerzo”, que omite muchas veces la inteligencia. O ese divertido y verdadero relajo que se arma en “Las medias de los flamencos” en el que todos los animales tratan de lucir sus mejores galas, a costa de lo que sea, para brillar en el baile.

Sin duda, una lectura ampliamente recomendable y probablemente de las menos frecuentadas en la obra del autor para pasar un rato profundo y agradable.

J. A. Sánchez